No
creas que te escucho. Me mantengo en silencio cuando hablas porque no me creo nada de lo que dices.
No creas que no soy sutil. Mucho callo por precisamente serlo.
No creas que no soy directa... Quizá no me importe una mierda lo que piensas cuando no lo soy.
No pienses que soy egoísta, créetelo.
¿Y ahora qué?
¿Me odias?
Y es que quien diga que no odia algo o que no odia a alguien, miente.
Es sencillo decir que algo no te gusta, pero parece cruel cuando dices que lo odias, a no ser que hables al pedo y entonces la palabra odio brote pero sin significado alguno.
¿Me odias?
Adelante, tienes mi permiso, mi venia. Puedes odiarme cuanto quieras. Cuando termines de hacerlo, dímelo, y haré una reverencia frente a ti. Si resultara que tu odio hacia mí no termina, entonces no me digas nada y sigue odiándome como más te plazca, guardaré para mí mis reverencias hasta que tú quieras.
¿Me odias?
Puedes gritarme, despreciarme. Puedes reírte de mí. Venga, desahógate, rápido.
¿Quieres joderme? Adelante. No pienso moverme de aquí. Venga...
Quizá prefieras atarme de pies y manos y echarme el polvo de tu vida. Yo te miraré... Pero no hagas demasiado ruido, me molesta cuando haces ruido.
Claro que es posible equivocarse, amar, perdonar, confiar…, y cómo no, también odiar. Se trata de otro sentimiento más, un sentimiento de aversión, sí, pero no deja de ser sentimiento.
No creas que no soy sutil. No creas que no soy directa.
Ahora que me odias, dime:
¿Y tú quieres guiarte por tus sentimientos?
Bien…, entonces comienza a hacerlo, pero comienza ya, que tengo prisa.