Quizá
debiera retomar, seguir con lo que estaba escribiendo. "Algo" se está convirtiendo en una historia que va más allá de un solo post. Y seguiré haciéndolo, seguiré escribiendo..., pero no hoy. Hoy no puedo centrarme en Úrsula ni en Federico, hoy no puedo jugar a adivinar letra alguna...
Hoy necesito dedicar estas líneas a alguien, a algo..., a mí misma, puede que sean simplemente para mí.
Hoy no me siento bien. No me siento bien desde hace días... Y llevando tiempo pensando en esto, en lo otro..., hoy sólo pienso en algo, en alguien. En alguien o en algo que tengo sin poder tener. En algo o alguien que siento y que puedo tener.
En alguien... que puede querer tenerme y quisiera poder tener.
En algo que tengo..., y sé que puedo perder. En algo que sé que debo perder.
Y lo siento...
No sé dónde estás, pero sé que estás ahí, conmigo. Y lo siento... Pienso en ti y te siento..., aunque evite muchas veces pensarte para poder también evitar sentirte.
Las nubes aparecen y desaparecen. No te escucho respirar, pero te siento... Y lo siento.
Quisiera poder ofrecerte un mundo de colores. Quisiera poder enseñarte que la vida no es tan mala como realmente sé que es. Poderte hacer soñar, quisiera..., y poder crear magia en tus sueños.
Quisiera poder darte lo que soy y ayudarte a que llegues a ser cuanto quieras.
Quisiera no ser yo, no para poder ser alguien. Quisiera no ser alguien..., quisiera dejar que fueras..., pero sin ser yo.
Quisiera cambiarlo todo. Quisiera tener en mis manos cuanto necesito para hacerlo. Quisiera, aunque fuera..., poder y saber pensarlo. Quisiera cambiarlo todo...
Quisiera que no me odiaras..., quisiera no tener que recordarte. Porque sin aún hacerlo..., me hago a la idea de ello..., y me muero.
No sé dónde estás, pero sé que estás ahí, conmigo. Y lo siento... Pienso en ti y te siento..., aunque evite muchas veces pensarte para poder también evitar sentirte.
No sé cuándo llegaste..., no sé cuánto tiempo llevas mirándome..., has tenido que llamarme para que me diera cuenta de que estabas ahí..., y ahora..., ahora no puedo abrir la puerta.
Por primera vez no me siento sola.
Paredes azules a mi alrededor. Caras sonrientes..., una lámpara que gira y va dejando dibujos a su paso...
No sé cuando llegaste..., y debiendo ser más, cada día que pasa es uno menos sin disfrutarte...
Quisiera que no me odiaras..., quisiera no tener que recordarte. Porque sin aún hacerlo..., me hago a la idea de ello..., y me muero.
Parte de mí has sido. Parte de mí eres. Parte de mí te llevas.
Necesito que no te vayas, pero sé que te debes marchar. Sólo prométeme algo..., prométeme que volverás.
Nos
fuimos separando. Buscábamos un pequeño rincón independiente al resto. Y de ese modo, nos perdimos de vista los unos a los otros.
Yo me dispuse a subir las escaleras esperando encontrar en el piso superior un poco de comodidad. Necesitaba cerrar los ojos y descansar, aunque sólo fuera durante unos minutos. Y de ese modo abrí la puerta de lo que parecía una habitación donde en un tiempo hubo muebles. Y digo en un tiempo porque el suelo estaba lleno de marcas que daban a entender que alguien los había arrastrado una y otra vez por ese suelo. Al menos había un estrecho colchón tendido en él y una caja destartalada de ésas que suelen colocar en las fruterías.
Por fin me senté, descalza, y estuve un rato frotando mis pies helados y empapados. Cuando me sentí un poco mejor me concentré en la pequeña tarjeta que Karl me había entregado. Al mirarla me encontré con un número, el número cuatro. ¿Qué significaba eso? ¿Sería yo la cuarta? ¿La cuarta de qué?
Al lado del número había un dibujo. Era una silueta de ésas con un muñeco ahorcado. Es decir, el famoso juego al que tantas veces en el colegio me dediqué durante las horas de clase con el compañero de mi lado, o quizá con el que delante de mí se sentaba.
El dibujo no estaba completo. Restaba una jugada más para que estuviera “kaputt”. Y bajo él, una palabra incompleta también. Una palabra de cinco letras pero que sólo tres tenía. Un movimiento más, una jugada, y ese muñeco estaría salvado o…, completamente muerto.
Empecé a encontrarme realmente mal. Tenía unas ganas tremendas de vomitar. Por mi cabeza paseaban mil ideas, mil imágenes. ¿Debía adivinar yo esa palabra? ¿Tendrían los demás en sus tarjetas el mismo dibujo, las mismas letras? ¿Qué ocurriría si fallara? ¿Qué coño era ese número cuatro?
Empecé a jugar…, y el tiempo comenzó a hacerse eterno.
Continuará…
Nos
acercamos a la puerta principal de la casa. Úrsula iba delante y poco nos dejaba ver al resto. No sería de extrañar que hubiera jugado como pívot en algún equipo de básquet. Aunque su espalda era increíblemente ancha, así que también podría haber sido nadadora. Lo que no es probable es que se hubiera dedicado al mundo de la moda puesto que su forma de vestir era un tanto peculiar además de hortera. Una cazadora naranja, pantalones con enormes flores estampadas y unas botas altas imitando la piel de un leopardo.
Como si un petardo le hubieran puesto en el culo, avanzó rápidamente e incrustó sus uñas en la parte alta de la puerta, bajo algo que parecía un fallo propio de la madera. Todos observábamos mientras ella dejaba asomar una pequeña llave que acto seguido empleó.
Fuimos entrando uno a uno a la oscuridad total. Pero como en muchas casas, el cajetín de la luz se encontraba en un extremo próximo a la puerta. Karl se ocupó de ello y en unos instantes pudimos vernos las caras de nuevo. Instantes, sí, instantes que habían sido iguales desde el primer día. Se hacían largos y estaban repletos de odio, miedo y angustia.
Como auténticos desconocidos en un lugar que también lo era, avanzamos y encontramos lo que parecía un salón principal donde el mobiliario era escaso. Unas sillas, una mesa, y una imitación del Matrimonio Arnolfini colgado en la pared.
“Sólo en la habitación pintada con vuestros nombres recibiréis las palabras pertinentes”
Esta frase había invadido mi cabeza desde hace días, y en ese momento pude comprenderlo todo. Nuestros nombres estaban escritos uno por uno, silla por silla. Cinco sillas, cinco nombres. Y un cuadro, un cuadro que “pintaba” la habitación.
Nos sentamos cuatro. Karl permaneció en pie y sacó algo de su bolsillo, el mismo bolsillo en el que minutos antes todos vimos cómo guardaba lo que un papel parecía. Y así era, se trataba de un sobre.
Lo abrió y se acercó a Federico. Extrajo del sobre lo que parecía una tarjeta en blanco con algo pintado y se la entregó. Del mismo modo, nos fue entregando uno a uno la nuestra.
“Una vez recibidas, buscad soledad”
Estaba claro. No hizo falta preguntar. Cada cuál se levantó de su silla para dirigirse a algún otro rincón de esa casa. Aunque la verdad es que también estábamos solos cuando nos encontrábamos juntos. La diferencia no era demasiada. Pero las indicaciones sí eran demasiado precisas como para saltarse alguna de ellas.
Continuará…
La
llave tornada en la cerradura del buzón. Federico había dado ya un paso atrás y era ahora Karl quien se encontraba situado en su lugar.
Un papel, un mísero trozo de papel. Eso fue lo que mis ojos pudieron ver que Karl tomaba del buzón. Pero pudimos ver también que usó ambas manos y ambas también terminaron dentro de sus bolsillos. Si en una vimos parte de un papel, en la otra no podía verse nada. Debía ser terriblemente pequeño, y ahora estaba oculto en su bolsillo sin generar marca, alguna señal que nos desvelara de qué se trataba.
No puedo decir que en ese momento me encontrara más tranquila. Nadie lo estaba. Me incomodaba ignorar lo que ese hombre de mirada atroz y sonrisa inexistente había sacado de aquel buzón azul.
Cinco personas estábamos allí y una de ellas escondía ahora algo que las cuatro restantes queríamos conocer. Hubiera sido sencillo agarrarle entre todos, impedirle cualquier tipo de movimiento y sacar de sus bolsillos aquéllo que habíamos ido todos a buscar pero que por lo visto sólo él podía tener. Y si al intentarlo su reacción no era buena, entonces podríamos golpearle tan fuerte como para que tras hacerlo él no pudiera contar tal cosa. Al fin y al cabo, ya nada iba a superar todo lo que dejamos atrás cuando montamos en aquel coche.
Seguramente a todos se nos pasó por la mente hacerlo. Pero creo que aún éramos conscientes de que del mismo modo que él había jugado su parte del papel, nosotros teníamos el nuestro. Y cuando llegara ese momento, podría ser yo misma la siguiente y querrían entonces golpearme a mí.
Así debimos pensarlo todos, puesto que aunque mirábamos a Karl rozando el odio, nadie hizo absolutamente nada.
Federico tomó la llave de nuevo y la guardó. Pude ver cómo tras hacerlo lanzó una sutil mirada a Úrsula. Creo que no fuí la única en darme cuenta, y menos aún, la única en pensar que entre ambos existía un rollito un tanto "diferente". Yo empecé a darme cuenta de ello un par de días antes de iniciar nuestro viaje, en aquella cafetería de cortinas rancias donde el café había sido el peor que había probado en mi vida.
Pero, si soy sincera, debo decir también que Úrsula podría haber mantenido ese "rollito" con cualquiera de los otros, sin ser Federico especial. No hacía falta más que verla, se notaba bastante que esa chica podía ser cualquier cosa además de ser ninfómana.
Pero en este caso, quizá y sólo quizá, la mirada lanzada por Federico no era más que un recordatorio, ya que todos sabíamos que el siguiente paso era entrar en la casa. Y era esa ninfómana quien portaba la clave para hacerlo.
Continuará...